miércoles, 24 de agosto de 2016

El hombre del retrato

—¿Por qué el Bogeyman 1 solo sale de noche?—inquirió el joven, volviendo la cabeza a la

izquierda donde el retrato de un hombre viejo ocupaba casi toda la pared de tapiz carmesí y

doradas molduras.

El cuadro no respondió como solía obrar el hombre allí representado, se quedó estático,

exhibiendo su mejor expresión militar. El joven tomó la manta con sus manecillas de

muñeco bien tallado y la apretó con tanta fuerza que sus palmas se enrojecieron y el dolor

se extendió como una corriente eléctrica por sus brazos, haciéndole estremecer. La ira le

consumía, ¿por qué el hombre en el retrato se negaba a responder?, ¿por qué le torturaba

con su silencio? Él no solía comportarse de ese modo, no con el joven, quien recibía su

poco afecto.

—¿Por qué los cuentos de las damas tienen un final feliz en el cual el sol ilumina cada

recoveco de los que antes eran lóbregos castillos? —se atrevió a sisear, tratando de

controlar el creciente sentimiento que se apoderaba de él. Maldito aquel que poseía las

respuestas y se negaba a compartirlas—¿Por qué la noche es más peligrosa que el día? ¿Por

qué si grandes guerras se han llevado a cabo bajo la sofocante luz solar? ¿Por qué solo en la

noche los miedos se revelan ante los hombres que fingen fuerte carácter?

El hombre en el retrato no se inmutó, su figura se mantenía en aquella pose orgullosa y su

expresión nada denotaba.

—¿Por qué no pronuncia algo?—exclamó, furibundo, soltando la manta con un

movimiento brusco y levantándose de un salto de la cama, provocando una ligera brisa que

hizo tintinear la llama de la vela que solía encender en el suelo hasta que se dormía y esta

se consumía por completo. Las sombras en las paredes se tornaron grandes y después

disminuyeron de forma abrupta, creando imágenes disonantes en las paredes, revelando los

espíritus de los objetos que llevaban más de medio siglo en la misma habitación, quienes

habían visto sus propios cuerpos sobre la suave cama siendo embalsamados y maquillados

con una suntuosidad que en vida no llegaba a presentarse. Lo mórbido de la muerte no

siempre recae sobre la muerte misma, sino sobre la pompa festiva que se trata de esconder

tras las ropas negras.

El retrato no respondió, seguía igual, siempre igual. El joven lo observaba con el entrecejo

fruncido y una mueca que revelaba sus dientes, como un perro callejero al que le han

arrebatado su comida. Lo odiaba mucho más en ese momento que cuando sostenía la

manta, lo odiaba más que en ninguna otra ocasión.

—¡Bien! ¡No me responda! —terminó por gritar con serias inflexiones en su voz

provocadas por la creciente ola de ira y los estremecimientos que esta provocaba— Solo

sirve usted para observar desde su pedestal privilegiado el sufrimiento de los que se pasean por esta habitación. Goza cuando ellos chillan de dolor y se regocija en silencio cuando sus

corazones, por el su pesar, parecen comenzar a detenerse. ¡Despreciable! ¡Repulsivo!

¿Dónde esta el buen hombre que trataba con tiranía a quienes debían tratarse de ese modo,

y entregaba su corazón a quienes lo merecíamos? —movióse por la habitación, apretando

los puños para controlarse y señalando, de cuanto en cuanto, el rostro del hombre del

retrato— La vileza se apoderado de usted con más rapidez que de la humanidad. La

crueldad ha tomado como presa a los seres que se autoproclaman racionales y ha carcomido

lo que solía llamarse bueno… ¡y usted, el primero al que ha tomado!

Las palabras salían sin control de sus labios, pero no de los labios del receptor, que aún no

se movían. El joven, ofendido e iracundo, se arrodilló en el suelo, tomando la vela que por

suerte no se apagaba, y sin contemplaciones ni miramientos la arrojó a la gran pared. La

vela rebotó en el cuadro y la pequeña llama logró apoderarse del vestido negro del hombre

inmutable, quien se vio consumido por un calor incesante en un par de minutos que el joven

disfrutó. Se regocijó en el calor y bailó una melodía inexistente hasta que sus pies chocaron

y tuvo que detenerse.

¡El retrato se calcinaba! ¡Cuan feliz era! Pero… sus respuestas, las necesitaba, las añoraba

con cada fibra de su ser. El retrato ya no podría dárselas aunque por obra divina quisiera

mover los labios. ¿Quién, pues, podría exponerle lo que necesitaba saber?

Giró sobre sus talones y se precipitó fuera de la habitación en llamas, propinando un

portazo a su salida. Bajó las escaleras, presuroso, y recorrió el gran salón evitando cruzar

miradas con los otros seres atrapados en marcos de madera que le miraban acusadores. La

enorme puerta principal le esperaba abierta, al igual que la noche, que lo recibía en sus fríos

y acogedores brazos de madre perdida quien pugna por iluminar la vida de sus retoños con

los más horribles relatos que la luna escuchaba.

Las flores secas en el suelo formaban el camino que siguió sin dudar; zigzagueaba entre

los arboles que lo recibieron después; corría con un ímpetu desconocido, con un deseo que

no podía saciar con las fundamentales reglas que la sociedad se empeña en desarrollar.

Corría porque así lo quería, y lo quería porque sus preguntas lo empujaban para que así

fuese.

Los caminos que recorrió no eran conocidos para él, pero llegó al lugar deseado, de todos

modos. Las placas de mármol a penas podían mantenerse en pie, desquebrajadas y llenas de

moho y hierbas malas; los cúmulos de tierra se apoderaban de espacios transitables y teñían

la verde hierba de un café casi tan oscuro como el cielo mismo; las ramas de los arboles

caían como enormes lagrimones sobre la tierra sucia y el vivo olor a podredumbre y flores

exquisitas se movía con el viento.

No le asustó el lugar, lo visitaba de día, ¿por qué le provocaría miedo visitarlo de noche?

Sería una sugestión absurda.

La placa de mármol que buscaba estaba irreconocible, las letras ya no estaban y la hierba

se apoderaba sin piedad de ella; pero no le interesaba. Se inclinó hasta que sus rodillas se

hundieron en la tierra y estiró sus manos hacia adelante, tocando primero la placa y después

el suelo húmedo. Con la paciencia de un sabio solitario comenzó a remover la tierra frente a la placa, poco a poco, sin apresurarse; quería respuestas, pero bien sabía que debía esperar

un poco más por ellas si deseaba que fuesen las indicadas.

El cielo aún estaba oscuro cuando sus manos tocaron algo diferente a la blanda masa y un

sonido de fácil reconocimiento rompió silencio fúnebre. Arrojóse al agujero que formó y de

un tirón levantó la tapa que lo separaba de su objetivo. Una nube de viejo polvo corrió más

rápido de lo que él corrió en su travesía y tardó un momento en divisar las fauces

blanquecinas de una calavera atrapada en un grito de dolor.

Las ropas se consumían lentamente, al igual que los huesos más pequeños de sus manos.

El calor envolvió al joven como nunca antes, pero no un calor reconfortante, eran las llamas

de un infierno que no se presentaba ante él de la manera convencional. Un salto lo apartó

del conjunto de huesos, pero la calavera se giró para seguir su recorrido con la mirada

hueca y las cuencas vacías y oscuras persiguieron la memoria del joven y se instauraron en

lo más profundo de su ser.

El fuego invisible alcanzó la seda envejecida que cubría la parte interna de la caja de

madera y terminó por consumirlo todo mientras el joven tomaba su camino de vuelta con

pasos torpes.

¿Respuestas? ¿Para que respuestas? Solo son la ilusión de los desdichados que aun no

logran comprender sus más vánales pensamientos.

Se perdió tantas veces que la cuenta se escapó de sus manos y toparse con su hogar fue su

sagrada bendición. La puerta seguía abierta, se adentró a la estancia y sin fijarse en los

rostros sonrientes de los retratos la cerró con llave y caminó a grandes zancadas hasta las

escaleras, las cuales subió en un dos por tres.

Se llevó la mano al pecho y arrastró los sucios pies por el pasillo oscuro hasta llegar a su

habitación. Esperaba descubrirla en llamas, hecha cenizas como debía hallarse ya el retrato;

pero la puerta continuaba intacta y no olía a humo.

Con dedos trémulos giró el picaporte y la puerta se abrió con un sonoro chirrido que trató

de evitar con un infantil mohín. Nada parecía quemado. Un suspiro aliviado se escapó de

sus labios durante el primer paso, cuando su pie tocó el suelo, empero, una sustancia

viscosa lo cubrió y el suspiro murió antes de llegar a su fin natural.

El joven no quiso mirar al suelo, la sustancia viscosa resbalaba por la pared de la cual el

retrato era dueña; roja, perpetua.

Un gritó se escapó de los labios pálidos de aquel hombre, que solo era hombre por su

genero, cuando el liquidó se movió de una forma extraña y la sangre dibujó en la pared la

figura del retrato.

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