—¿Por qué el Bogeyman 1 solo sale de noche?—inquirió el joven, volviendo la cabeza a la
izquierda donde el retrato de un hombre viejo ocupaba casi toda la pared de tapiz carmesí y
doradas molduras.
El cuadro no respondió como solía obrar el hombre allí representado, se quedó estático,
exhibiendo su mejor expresión militar. El joven tomó la manta con sus manecillas de
muñeco bien tallado y la apretó con tanta fuerza que sus palmas se enrojecieron y el dolor
se extendió como una corriente eléctrica por sus brazos, haciéndole estremecer. La ira le
consumía, ¿por qué el hombre en el retrato se negaba a responder?, ¿por qué le torturaba
con su silencio? Él no solía comportarse de ese modo, no con el joven, quien recibía su
poco afecto.
—¿Por qué los cuentos de las damas tienen un final feliz en el cual el sol ilumina cada
recoveco de los que antes eran lóbregos castillos? —se atrevió a sisear, tratando de
controlar el creciente sentimiento que se apoderaba de él. Maldito aquel que poseía las
respuestas y se negaba a compartirlas—¿Por qué la noche es más peligrosa que el día? ¿Por
qué si grandes guerras se han llevado a cabo bajo la sofocante luz solar? ¿Por qué solo en la
noche los miedos se revelan ante los hombres que fingen fuerte carácter?
El hombre en el retrato no se inmutó, su figura se mantenía en aquella pose orgullosa y su
expresión nada denotaba.
—¿Por qué no pronuncia algo?—exclamó, furibundo, soltando la manta con un
movimiento brusco y levantándose de un salto de la cama, provocando una ligera brisa que
hizo tintinear la llama de la vela que solía encender en el suelo hasta que se dormía y esta
se consumía por completo. Las sombras en las paredes se tornaron grandes y después
disminuyeron de forma abrupta, creando imágenes disonantes en las paredes, revelando los
espíritus de los objetos que llevaban más de medio siglo en la misma habitación, quienes
habían visto sus propios cuerpos sobre la suave cama siendo embalsamados y maquillados
con una suntuosidad que en vida no llegaba a presentarse. Lo mórbido de la muerte no
siempre recae sobre la muerte misma, sino sobre la pompa festiva que se trata de esconder
tras las ropas negras.
El retrato no respondió, seguía igual, siempre igual. El joven lo observaba con el entrecejo
fruncido y una mueca que revelaba sus dientes, como un perro callejero al que le han
arrebatado su comida. Lo odiaba mucho más en ese momento que cuando sostenía la
manta, lo odiaba más que en ninguna otra ocasión.
—¡Bien! ¡No me responda! —terminó por gritar con serias inflexiones en su voz
provocadas por la creciente ola de ira y los estremecimientos que esta provocaba— Solo
sirve usted para observar desde su pedestal privilegiado el sufrimiento de los que se pasean por esta habitación. Goza cuando ellos chillan de dolor y se regocija en silencio cuando sus
corazones, por el su pesar, parecen comenzar a detenerse. ¡Despreciable! ¡Repulsivo!
¿Dónde esta el buen hombre que trataba con tiranía a quienes debían tratarse de ese modo,
y entregaba su corazón a quienes lo merecíamos? —movióse por la habitación, apretando
los puños para controlarse y señalando, de cuanto en cuanto, el rostro del hombre del
retrato— La vileza se apoderado de usted con más rapidez que de la humanidad. La
crueldad ha tomado como presa a los seres que se autoproclaman racionales y ha carcomido
lo que solía llamarse bueno… ¡y usted, el primero al que ha tomado!
Las palabras salían sin control de sus labios, pero no de los labios del receptor, que aún no
se movían. El joven, ofendido e iracundo, se arrodilló en el suelo, tomando la vela que por
suerte no se apagaba, y sin contemplaciones ni miramientos la arrojó a la gran pared. La
vela rebotó en el cuadro y la pequeña llama logró apoderarse del vestido negro del hombre
inmutable, quien se vio consumido por un calor incesante en un par de minutos que el joven
disfrutó. Se regocijó en el calor y bailó una melodía inexistente hasta que sus pies chocaron
y tuvo que detenerse.
¡El retrato se calcinaba! ¡Cuan feliz era! Pero… sus respuestas, las necesitaba, las añoraba
con cada fibra de su ser. El retrato ya no podría dárselas aunque por obra divina quisiera
mover los labios. ¿Quién, pues, podría exponerle lo que necesitaba saber?
Giró sobre sus talones y se precipitó fuera de la habitación en llamas, propinando un
portazo a su salida. Bajó las escaleras, presuroso, y recorrió el gran salón evitando cruzar
miradas con los otros seres atrapados en marcos de madera que le miraban acusadores. La
enorme puerta principal le esperaba abierta, al igual que la noche, que lo recibía en sus fríos
y acogedores brazos de madre perdida quien pugna por iluminar la vida de sus retoños con
los más horribles relatos que la luna escuchaba.
Las flores secas en el suelo formaban el camino que siguió sin dudar; zigzagueaba entre
los arboles que lo recibieron después; corría con un ímpetu desconocido, con un deseo que
no podía saciar con las fundamentales reglas que la sociedad se empeña en desarrollar.
Corría porque así lo quería, y lo quería porque sus preguntas lo empujaban para que así
fuese.
Los caminos que recorrió no eran conocidos para él, pero llegó al lugar deseado, de todos
modos. Las placas de mármol a penas podían mantenerse en pie, desquebrajadas y llenas de
moho y hierbas malas; los cúmulos de tierra se apoderaban de espacios transitables y teñían
la verde hierba de un café casi tan oscuro como el cielo mismo; las ramas de los arboles
caían como enormes lagrimones sobre la tierra sucia y el vivo olor a podredumbre y flores
exquisitas se movía con el viento.
No le asustó el lugar, lo visitaba de día, ¿por qué le provocaría miedo visitarlo de noche?
Sería una sugestión absurda.
La placa de mármol que buscaba estaba irreconocible, las letras ya no estaban y la hierba
se apoderaba sin piedad de ella; pero no le interesaba. Se inclinó hasta que sus rodillas se
hundieron en la tierra y estiró sus manos hacia adelante, tocando primero la placa y después
el suelo húmedo. Con la paciencia de un sabio solitario comenzó a remover la tierra frente a la placa, poco a poco, sin apresurarse; quería respuestas, pero bien sabía que debía esperar
un poco más por ellas si deseaba que fuesen las indicadas.
El cielo aún estaba oscuro cuando sus manos tocaron algo diferente a la blanda masa y un
sonido de fácil reconocimiento rompió silencio fúnebre. Arrojóse al agujero que formó y de
un tirón levantó la tapa que lo separaba de su objetivo. Una nube de viejo polvo corrió más
rápido de lo que él corrió en su travesía y tardó un momento en divisar las fauces
blanquecinas de una calavera atrapada en un grito de dolor.
Las ropas se consumían lentamente, al igual que los huesos más pequeños de sus manos.
El calor envolvió al joven como nunca antes, pero no un calor reconfortante, eran las llamas
de un infierno que no se presentaba ante él de la manera convencional. Un salto lo apartó
del conjunto de huesos, pero la calavera se giró para seguir su recorrido con la mirada
hueca y las cuencas vacías y oscuras persiguieron la memoria del joven y se instauraron en
lo más profundo de su ser.
El fuego invisible alcanzó la seda envejecida que cubría la parte interna de la caja de
madera y terminó por consumirlo todo mientras el joven tomaba su camino de vuelta con
pasos torpes.
¿Respuestas? ¿Para que respuestas? Solo son la ilusión de los desdichados que aun no
logran comprender sus más vánales pensamientos.
Se perdió tantas veces que la cuenta se escapó de sus manos y toparse con su hogar fue su
sagrada bendición. La puerta seguía abierta, se adentró a la estancia y sin fijarse en los
rostros sonrientes de los retratos la cerró con llave y caminó a grandes zancadas hasta las
escaleras, las cuales subió en un dos por tres.
Se llevó la mano al pecho y arrastró los sucios pies por el pasillo oscuro hasta llegar a su
habitación. Esperaba descubrirla en llamas, hecha cenizas como debía hallarse ya el retrato;
pero la puerta continuaba intacta y no olía a humo.
Con dedos trémulos giró el picaporte y la puerta se abrió con un sonoro chirrido que trató
de evitar con un infantil mohín. Nada parecía quemado. Un suspiro aliviado se escapó de
sus labios durante el primer paso, cuando su pie tocó el suelo, empero, una sustancia
viscosa lo cubrió y el suspiro murió antes de llegar a su fin natural.
El joven no quiso mirar al suelo, la sustancia viscosa resbalaba por la pared de la cual el
retrato era dueña; roja, perpetua.
Un gritó se escapó de los labios pálidos de aquel hombre, que solo era hombre por su
genero, cuando el liquidó se movió de una forma extraña y la sangre dibujó en la pared la
figura del retrato.
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